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Samarikuna de Evo
Winston Estremadoiro*
barlamentos En mi perorata de cena de Nochebuena, lindo fue llorar con la barriga llena, para evitar sollozos recordando a los ausentes, porque como lamenta Chico Buarque, la saudade duele tanto como acomodar el cuarto de un hijo que ya murió. Discurrí que los políticos tienen modo despreciable de hacerse ricos: pregonan la libertad de los oprimidos, se llenan la boca con la igualdad de las personas, se golpean el pecho con la fraternidad entre los humanos.
Son logros todavía por conquistar dos siglos y cuatro lustros después de la Revolución Francesa. Los mandamases de turno se aplazan en adherirse a tales principios, tanto por ignorancia como por angurria. ¿Acaso no corrompe el poder, y el poder absoluto corrompe absolutamente?
Lo que sugiere que las revoluciones no cambian nada. En la Bolivia contemporánea, dice un amigo, primero fueron los movimientistas con lo de “compañeros”; después vinieron los de Condepa y sus “compadres”; luego fueron los miristas con lo de “cómplices”. Hoy se vislumbra un neologismo de cubanismo con mote chapareño: “compacocalero”.
Evidencia es que todo siga igual en el paisaje urbano este año, tercero de la era de cambios de Evo Morales. Como siempre, en diciembre sobrevino la invasión de centenares de indígenas del norte potosino. Vienen de enclaves pintados de negro extremo en el triste mapa de la pobreza nacional.
En la andanada de artillería propagandística sobre la liberación de ochocientos mil compatriotas del analfabetismo, conduje un experimento. Lagrimeando escarbé en el cuarto de mi hija emigrante por un libro de cuentos, de esos para niños, con dibujos coloridos y letras grandes. Luego cambié un billete de cien bolivianos por relucientes monedas de cinco. Con bolsa y libro emprendí un periplo en esquinas donde se amontonan indígenas indigentes, para ofrecerles una moneda de cinco por leer un párrafo, dos si lo escribían. Cero desembolsos.
A la mañana siguiente intenté de nuevo, esta vez acompañado de un quechua parlante, en caso de que la barrera del idioma fuese el problema. Veinte intentos después, desembolsé una moneda a un chico de once años. Ninguna niña y ningún ancian@ pasaron la prueba. Mucho menos adivinar siquiera que el símbolo @ abstrae de aclarar si varón o mujer en el lenguaje cibernético que hoy define al verdadero analfabeto.
El mismísimo Presidente de Bolivia es ejemplo de la disfuncionalidad del que aprende a leer pero no lo practica. Cuentan que le leen sus discursos en voz alta hasta que los memoriza más o menos. Algo que se notó cuando, cual Torquemada de la libertad de prensa, trastabillaba al leer la sentencia del infortunado periodista al que conminó a la testera para humillarle. ¿Estará tomando clases de quechua, como hiciera Goni?
Si la libertad de los oprimidos en cualesquiera de sus formas es una quimera, la igualdad en seres humanos es mito que sólo requiere desnudarse para probarlo mentiroso. Ahí está el póster de los tres negritos, idénticos ellos, con la leyenda “no todos somos iguales” destacando uno con el taparrabos más largo. Igualdad (y simetría) escasean en la descabellada exhibición de una centena de mujeres, fotografiadas en Santiago desnudas del coto a la guata. ¿O será que las chilenas son diferentes?
En este país en auge por indicadores oficiales, en La Paz sorprendió que un Presidente que se llena la boca con ser uno él mismo, no dispusiera que aunque fuera por propósitos cosméticos, replegasen a los ‘originarias’ indigentes lejos del entorno del Palacio Quemado. O les asearan, pagaran viáticos y dotaran de pancartas de apoyo al gobierno en la Plaza Murillo, por lo menos para que tengan un buen pasar con empleos por el fin de año. Santa Cruz y Cochabamba son un calvario esquinero de espectros pidiendo limosna: quizá por consigna acarrean niños que no son suyos; uniformados de prendas étnicas, cuesta creer que sean tan pobres, que les sean inaccesibles hasta las prendas de a peso de ropa usada que plagan las ferias.
Fraternidad de pobreza será la de este año. Abundarán los que cantarán a sus esposas canciones alusivas a la inflación, serpiente que pica a los pies descalzos, dicen. Mentira. Es la clase media la que más sufre. Camino a fingir lealtad para recibir unos billetes por engrosar alguna marcha oficialista, hace rato muchos tararean a Pedro Infante: “hola Bartola/ ahí te dejo esos dos pesos/ pagas la renta, el teléfono y la luz/ de lo que sobre/ ahí tenés para tu gasto…
En país de políglotas por decreto de la ilusa Constitución masista, apuesto a que más personas hablan portuñol que una lengua indígena en la extensa frontera de la media luna colindante con Brasil. Para ellos vaya la versión carioca de la canción mexicana antes citada, en la voz de mi musa Gal Costa: “Levanta, levanta, nega manhosa/ deixa de ser preguiçosa, vai procurar o que fazer/ nega, deixa de fita, prepara minha marmita/ levanta nega vai-se virar/ Dexé encima do radio uma nota de cinqüenta/ vai á féria, joga no bicho, a ver si te agüenta/ economiza, olha o día de amanhá/ eu preciso do troco, domingo tem jogo no Maracaná”.
Hoy cabe añadir varios ideales por concretar. Imperativo es proteger la aldea global que es el planeta, o terminamos todos en Ganímedes. El proyecto de Constitución masista, con niveles de autonomía engañosa, donde todos mandan para que sólo manden los del gobierno centralista, entre otras cosas propiciará el deterioro de los bosques, joya preciada de nuestro más grande patrimonio: la diversidad ecológica. Que lo digan el Parque Nacional Isiboro-Sécure y la Reserva Forestal de Choré, sitiados por marabunta de invasores que mañana serán “compacocaleros”, cuando no “compacocaineros”.
Samarikuna (nos descansaremos), dice el valluno a su cholita después de hacer el amor. Samarikuna de Evo antes de que termine de joder al país, digo yo.
*winstonest@yahoo.com.mx |