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Un ave, considerada extinta, abre puertas al desarrollo para la comunidad tacana del Beni. La cabaña San Marcos recibirá a naturalistas que quieran ver al mamaco, un tesoro vivo. Texto: Liliana Carrillo Valenzuela • Fotos: Pedro Laguna Durante siete años consecutivos se inundó la comunidad beniana de San Marcos. “Ay, que daba pena: los niños se enfermaban, los animalitos se ahogaban...”, recuerda Irma Lurici Achipa (64). Después del último temporal del 2000, no había alternativa: el pueblo tacana debía trasladarse o perecer bajo los caprichosos caudales del río Beni. Hace ocho años, nuevas tierras acreditadas por la TCO Tacana recibieron a las 15 familias que refundaron San Marcos. “Aquí teníamos la seguridad de que no nos íbamos a inundar —resume el corregidor Federico Alípaz Guete — Aquí estaban los recursos naturales”. Y allí, camuflado entre la rica flora y fauna, se encontraba el último reducto de un ave considerada por años extinta: el mamaco; cuyo hallazgo ha abierto puertas al desarrollo de la comunidad. Viejo paisaje con mamaco Hoy, el más famoso habitante de la nueva comunidad tiene plumas, pico y pocas veces ha sido visto por el ser humano. Los mayores recuerdan que hasta hace cinco décadas, el mamaco poblaba con su alto vuelo el antiguo cauce del río Beni, allí donde se levantó el primer San Marcos que iba a morir ahogado, tras medio siglo de vida. “Al mamaco lo conozco desde chico; antes comíamos su carne, es más rica que la de la gallina. Había harto por aquí, pero lo han ido matando”, relata don Valeriano Lurici, quien a sus 76 años es respetado como el fundador de la antigua comunidad tacana. “Ocho años tendría cuando mi finada mamá me ha mandado de Tunupasa a acompañar a mi hermana que había puesto su chocita en esta banda. Poco a poco ha empezado a llegar más gente de otros lados hasta que San Marcos se ha vuelto grande”, testimonia. El 25 de abril de 1950, con 40 habitantes, se creó la comunidad que se llamó San Marcos en honor al santo patronal. Hacia los años 60, el crecimiento del pueblo era imparable gracias a su riqueza natural. “Había cacao, lagarto, tigrecillo, alondra... y harto mamaco”, recuerda Lurici quien, a esas alturas, ya criaba con su esposa dos de los 12 hijos que engendrarían. “En los años 70 habían muchos caimaneros, incluso grandes empresas que entraban así nomás, cazaban y se llevaban a los animales por su cuero; también mataban a los mamacos para comer su carne. Yo mismo, de joven, lo he hecho, porque no sabía que eran importantes”, analiza hoy Nelson Lurici, hijo de don Valeriano y representante del municipio de Reyes en San Marcos. “En los 80 han empezado a perderse los caimanes y se ha prohibido su caza; pero a las avecitas, nadie las ha cuidado”. En 1993, la población de San Marcos contaba con 500 habitantes, escuela hasta octavo grado con 120 alumnos y cuatro maestros. Entonces, arrasaron las aguas. “Ya no se podía vivir. Siete años seguiditos nos hemos inundado; poníamos tablas y sobre ésas, las camas, los braseros y hasta los chiqueros”, describe Feliciamo Beyuma Buchaqui (58). En busca de nuevo norte, no todos apostaron por la refundación. La mitad de la antigua población migró a la comunidad Villa Fátima, en la ribera paceña del río Beni, y otros crearon, al oeste, Nuevo Reyes. Sólo 15 familias, cargando la tradición y defendiendo la TCO Tacana, se aventuraron hacia el valle bañado por el lago Azul para encontrar el territorio del nuevo San Marcos. Vuelo entre las cenizas Con tantos y tan atropellados acontecimientos; los comunarios de San Marcos no se habían percatado de que el mamaco, antes infaltable en su paisaje, había desaparecido. A falta de registros, se llegó incluso a considerarlo extinto. Eso hasta que llegó Bennett Hennesey, un ecologista canadiense enamorado de las aves. “Era la mañana de un 17 de agosto, Día de la Bandera”. Nelson Lurici recuerda claramente el momento en que Hennesey halló una colonia de mamacos en una expedición por las actuales tierras de San Marcos. “Bennett se quedó largo rato mirando las aves; bien emocionado”. Esa emoción pronto se hizo acción; pues desde aquel día, el científico canadiense ideó el plan de conservación de la especie, que años más tarde iba a concretarse en el Programa Mamaco. El 2003, el biólogo paceño Hugo Araníbar Rojas llegó por primera vez a los bosques de várzea (tierras periódicamente inundables) que rodean a San Marcos. Su misión era realizar un primer registro del mamaco que deparó alentadores resultados. “Encontramos varios ejemplares de la pava Mamaco, cuyo nombre científico es Crax globulosa, que estaba en serio peligro de extinción — asegura el especialista en medio ambiente—. Su hallazgo es importante porque significa la única población registrada por el momento en Bolivia. Es una colonia que está en buen estado, pero que vive una situación crítica por el escaso número de habitantes”. El 2004 arrancó oficialmente el Programa Mamaco, auspiciado por la Organización Armonía, una institución no gubernamental dedicada a la conservación de aves y dirigida por Bennett Hennesey. “Además del trabajo propiamente científico, se realizaron contactos con la comunidad de San Marcos, que rodea al hábitat del mamaco”, relata Araníbar. Para dejar de olvidar Cuando el equipo de la Organización Armonía llegó al nuevo San Marcos, el mamaco era un nombre hueco de referentes, rara vez evocado por los viejos. Ahora, aunque algunos aún no han visto a la famosa pava, todos la conocen muy bien. “Desde que ha llegado el Proyecto Mamaco con sus biólogos; los chicos han empezado a conocer y los viejos hemos dejado de olvidar”, dice Federico Alípaz, el corregidor de la comunidad. Bastaron algunas reuniones para que los 80 habitantes de San Marcos tomaran conciencia de la necesidad de cuidar al mamaco. “Sabíamos de por sí que esta ave iba a ayudarnos a mejorar”, asegura la autoridad, Nelson Lurici. Siguieron cursos de capacitación para formar técnicos en la recolección de datos científicos. “Ya hemos hecho cinco grandes expediciones con trampas, cámara y en todas hemos levantado datos de todas las especies de aves, mamíferos, reptiles y batracios de la zona; pero entre todos el más importante es el mamaco”, explica Jaime Gonzalo Lurici (28), padre de dos niños y uno de los tres técnicos formados en el proyecto. De acuerdo a los últimos registros, apunta el biólogo Araníbar, “hay una colonia, única en Bolivia, de Crax globulosa, de 140 individuos”. “Mucho hemos pensado en cómo cuidar y aprovechar a nuestras avecitas y hemos decidido que vengan más científicos y más turistas para que vean y valoren al mamaco”, explica Nelson Lurici. “Es un tesoro, como todos los animalitos que tenemos, que vamos a proteger como lo hacían nuestros antepasados tacanas”, añade. Con el objetivo claro, la comunidad inició el año pasado la construcción de una cabaña que estará especializada en la observación de aves nativas, con énfasis en el mamaco. “Va a tener todos los servicios y va a estar en las orillas del lago Azul”, señala Lurici mientras en el terreno, ubicado a tres kilómetros de la comunidad, día a día crece la obra que comprenderá tres construcciones de madera con techo de paja, ideales para acampar al aire libre con el regalo de un incomparable paisaje. “También vamos a tener guías, que han recibido capacitamiento para explicar a todos los que nos visiten las especies de animalitos que hay en el monte, abriendo sendas con machetes. También van a llevar a pasear a los turistas en canoa, por el lago Azul”, asegura entusiasmado Jaime Gonzalo. “La cabaña turística es un emprendimiento de la comunidad, la Organización Armonía sólo ha dado asesoramiento técnico —asegura el coordinador del Proyecto Mamaco—. Su apertura está programada para junio”. Vuelo al desarrollo Sentado en el portal de su casa, frente al ocaso que regala el río Beni, don Valeriano Lurici mira su comunidad con nostalgia. “El otro San Marcos era más grande, pero aquí vivimos más tranquilos. Hay más futuro”, concluye el fundador que sólo lamenta “no haber enseñado a sus hijos ni a sus nietos” su idioma materno, el tacana, que ahora él mismo ha olvidado. “Hemos pedido que un maestro enseñe tacana en la escuela; bien necesario es; los viejos nos hemos equivocado al no hablar”, asegura con la experiencia de sus 76 años. “Necesitamos una posta médica, una escuela más grande porque ahora sólo llega hasta quinto básico y no queremos que las guaguas se sigan yendo a estudiar a Rurrenabaque o a Reyes. También queremos agua potable, luz, teléfono, pero las autoridades municipales no nos hacen caso”, enumera Guillermo Alípaz Gonzales (49), encargado del Plan Forestal de la comunidad. “Ya no vamos a permitir que nadie venga a llevarse la madera o a matar animales. Ahora nosotros, los sanmarquinos, vamos a decidir qué queremos”. Y el futuro para San Marcos se dibuja con plumas, picos y vuelo de mamaco. “Este año comenzamos bien porque ganamos una aplicación en la fundación Puma para la recolección de datos del mamaco. Esos 2.500 dólares van a ser administrados por un representante elegido por la comunidad”, explica Nelson Lurici. También crece en el pueblo la expectativa de generar recursos con el turismo especializado. “Tenemos lindas tierras; pero se inundan y ya no sirven para sembrar ni para criar ganado. Ahora, nadie se muere de hambre, pero hay que pensar en los niños y darles más comodidades. El turismo va a ser bueno, y con la cabaña nos va a traer más recursos”, opina un esperanzado corregidor Alípaz. Y doña Irma Lurici Achipa resume: “Como el mamaco, alto, ahora vamos a volar en San Marcos”. BRÚJULA Ubicación. La comunidad tacana San Marcos se encuentra en la provincia Ballivián del departamento del Beni. Pertenece al municipio de Santos Reyes. Cómo llegar. La única vía para acceder es lacustre. Requiere seis horas de viaje por el río Beni desde Rurrenabaque. Dónde quedarse. Se puede acampar en el pueblo. En junio se abrirá la cabaña. MAMACO El mamaco (Crax globulosa) pertenece a la familia de los crácidos. Vive en los bosques de várzea y sólo se ha registrado una colonia boliviana en San Marcos. El ave se caracteriza por su conducta poligénica (un macho para varias hembras). Tiene crías durante todo el año, pero sus picos están en época húmeda. Esta fotografía de una hembra pertenece a Joseph Tobías.
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