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Tapando el sol con un dedo
Roberto Barbery Anaya*
En medio de frases contrahechas para el bostezo, el ministro venezolano zapateaba en su lugar contra el imperialismo, asediado por cámaras y micrófonos, cuando ocurrió algo inédito y previsible… Detrás de un artefacto había una periodista, que reparó en la marca de los nerviosos zapatos…, y de la corbata, y de todo el traje…Y claro. Las prendas no eran de la Revolución Rusa. Eran de la más reconocida marca del glamour internacional. De la misma marca que es señal de garbo en las carteras de las señoras copetudas… Y está muy bien que así sea. El ministro tiene derecho a vestirse como quiera, y a cantar misa los domingos, y mejor si no es desorejado, al menos para repetir los salmos… El tema no es ése. Porque si lo fuera, nadie podría comer comida china, con excepción de los chinos. Y aunque el presidente Chávez ya intentó derogar la Navidad, la estética no se instaura por decreto. El tema, pues, es la trillada impostura. La distancia que hay entre la política y la sensiblería. Entre la voluntad de cambio y la demagogia. Entre el gobierno y la bulla. Y en ello radica, precisamente, la distorsión de los gobiernos populistas. En su doble moral. Gesticulan con la mano izquierda y comen con la mano derecha. Visten rigurosa corbata para hacer negocios con Estados Unidos y a vuelta de página despotrican contra el imperialismo yanqui, sin aflojarse al menos el cuello de la camisa… En todo caso, la solución no está en llevar una caseta portátil para cambiar de uniforme en cada ocasión, como los superhéroes. Ni siquiera como los héroes. Con un poco de coherencia, hasta puede alcanzar… Inclusive para promover cambios en vez de confrontación… Porque no se puede tapar el sol con un dedo. Al menos no indefinidamente. *Roberto Barbery Anaya es ex ministro de Participación Popular. |