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El albergue Tomarapi, las termas, los géiseres, las rutas y las escaladas conforman la oferta del proyecto de turismo sostenible gestionado por la población local. Texto: Patricia Cruzado V. Fotos: Pedro Laguna Nada más penetrar en su feudo, el paisaje empieza a tornarse caprichoso. Las rocas se deforman como quien se despereza de una larga siesta, mientras el vehículo 4x4 deja atrás una fila de colinas que, inclinadas por el azote del viento, parecen broncearse bajo un soplo solar. El asfalto encamina al pasajero hacia el nevado que reina sobre un horizonte bañado de pequeñas alfombras verde manzana, las yaretas. Crecen entre las llanuras salpicadas de los arbustos (queñua) que amurallan el Parque Nacional Sajama, al noroeste del departamento de Oruro, cerca de la frontera chilena. Casas de adobe con tejados a dos aguas anuncian la llegada a Tomarapi, en el cantón de Caripe, municipio de Curahuara de Carangas. Junto a una iglesia austera del período colonial se levanta el Albergue Ecoturístico Tomarapi, que se financia con propios recursos y donde trabajan 27 familias. Entre sus casas se asoma la fiesta. Un círculo de hombres con trajes negros de lana de alpaca cargados de bordados, baila al son de la música. Instrumentos tradicionales como la zampoña, la quena y el charango marcan el ritmo de la carrera que, en torno al corro, enfrenta al cóndor —representado por un joven disfrazado con alas— y al cazador, con un bigote de carbón y una cuerda al hombro. Al terminar la escena comienza otra danza protagonizada por las mujeres, ataviadas con polleras color hueso y mantas a juego. Devotos de la Pachamama, celebran su alegría con ella y la introducen en el alma del festejo. ´Esta danza probablemente procede de los carangas, nacionalidad aymara de origen milenario que no fue totalmente sometida por los incas, de manera que hoy conservan parte de su organización social, creencias y tradiciones´, relata Franz Guzmán Soliz, director del parque. Una alternativa sostenible ´Yo soy uno de los siete guardaparques del Sajama. Inicialmente, algunas personas no se mostraban muy conformes con la idea de construir el albergue y de que estas tierras pertenecieran al parque. Sin embargo, hoy estamos contentos con el desarrollo de los proyectos´. Adrián Huarachi se acerca a conversar en aymara con la mujer más anciana del pueblo, que declina la oferta levantándose del suelo. La contracción de sus manos, las arrugas de su rostro y su caminar pausado, son el resultado de una vida dedicada al trabajo en este medio arduo. Marta Huarachi es otra beneficiaria. Su sonrisa parece imborrable, incluso cuando los clientes la asedian con peticiones. Hace dos años es mesera en el albergue, tras recibir cursos de capacitación (hotelería, administración o cocina), al igual que los otros miembros de la comunidad, que incluía una pasantía de 20 días en el hotel Europa de La Paz. ´Las familias hacemos turnos para administrar el albergue cada dos meses, así todos participamos y nos dividimos por igual los beneficios. Nuestro sueldo es de unos 600 bolivianos´. Las cinco comunidades que habitan el Sajama están involucradas en el proyecto turístico financiado por el Servicio Nacional de Áreas Protegidas (Sernap), la Cooperación Técnica Alemana y el proyecto de Manejo de Áreas Protegidas y Zonas de Amortización (MAPZA). Aunque para todas ellas la ganadería camélida es la principal actividad económica, se están diversificando las fuentes de ingresos gracias al turismo. ´500 familias se benefician de las diversas ramas del proyecto. La comunidad Caripe lo hace del albergue; Lagunas, del acompañamiento por las sendas; Sajama, del ascenso al pico; Manasaya, de las aguas termales; y Papelpan, de la subida de los turistas a las montañas´, dice el director del parque, Franz Guzmán Soliz. Este proyecto se enmarca en la política del Sernap de ´área protegida con gente, para la gente´, que promueve el cuidado de los parques desde sus pobladores con proyectos de desarrollo sostenible. Aunque las 100.000 hectáreas fueron declaradas Parque Nacional en 1939, no fue hasta 1996 que el Ejecutivo creó una administración que gestionara el espacio. La iniciativa no fue bien acogida por la población local, que consideraba que sus propiedades serían confiscadas por el Gobierno como en 1871 lo hizo el presidente Mariano Melgarejo mediante la ley de exvinculación, obligando a los comunarios a comprar de nuevo sus tierras, provocando que otros pueblos pierdan sus terrenos para siempre. ´Como respuesta a esta desconfianza, nació Radio Parque Nacional del Sajama´. Daniel Maydana, coordinador regional de MAPZA en Sajama, formó parte del equipo que introdujo la iniciativa entre los pobladores. ´Es necesario estudiar los proyectos anteriores y saber por qué no tuvieron éxito. Llegamos a la conclusión de que no sólo es fundamental que el proyecto se adecue a las particularidades de cada zona, sino que la participación total de los beneficiarios y su interiorización como algo propio es vital para la sostenibilidad al margen de la cooperación´. A través de la radio comunitaria y las reuniones con los implicados creció la confianza en el proyecto. Campañas de educación y medio ambiente, además de información sobre las iniciativas, se difunden en aymara. ´Ellos mismos construyeron una parte de la gestión, mediante sus propuestas. Uno de los errores de la cooperación es que pretenden tener cada paso totalmente planificado y eso no es posible. La capacitación y la búsqueda de sostenibilidad fueron clave´. Otra de las actividades impulsadas por la cooperación alemana es la comercialización de la lana de vicuña, cuya fibra es una de las cuatro más finas del mundo. Desde el 2003 se esquila este animal para obtener fibra fina que tiene compradores potenciales en Europa. ´Antes veíamos a la vicuña, que es salvaje a diferencia de la alpaca y la llama, como un problema. Sin embargo, ahora las cazamos para obtener su lana, ya que en los mercados internacionales se cotiza a 400 dólares el kilo´, explica Raúl Mamani, presidente de la Asociación de Ganaderos de Vicuña. 220 kilos se han almacenado desde el 2003, teniendo en cuenta que un kilo de lana se obtiene de la esquila de cinco animales, para lo que se realiza el arreo o chhukuyaña (en aymara). Todo ello trata de paliar en algo los elevados índices de emigración de los jóvenes a Chile. Una parte de este éxodo es de carácter estacional entre la gente mayor, pero de manera permanente entre los jóvenes. De esta manera, el coloso Sajama parece haberse aliado más que nunca con las comunidades para promover su desarrollo económico, respetando, eso sí, la conservación de la Pachamama.
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