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Un pedazo de tela, lentejuelas doradas y uno está listo para el destape festivo. |
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Los pueblos antiguos cubrían su rostro para trascender y encontrarse con los espíritus. La fiesta da hoy la oportunidad para ser uno mismo.Texto: Redacción • Fotos: AFP Tapar para descubrir. Éste parece el objetivo de ese adminículo que confirma que los ojos son la ventana del alma, y que en ellos se plasma la diferencia entre ser o no ser. Demasiada importancia para un pedazo de tela, dirán unos. Sin embargo, el sicólogo Alfredo Alvis defiende el valor del antifaz. ´Trozo de diferentes materiales que va sobre los ojos y que cuenta con dos hoyos que permiten la visibilidad´, describe el Diccionario de la moda de Margarita Riviére restándole, en la definición fría, el glamour a ese accesorio festivo. Porque ´hay que ver cómo cambia la persona una vez que cubre su rostro´, sigue Alvis. ´Es como si hombres y mujeres sintieran que ganan algo: misterio. Lo que curiosamente rima con un sentimiento de seguridad´. El antifaz comparte su origen con el de las máscaras, palabra que etimológicamente viene del latín no clásico mascus y masca que significan fantasma, y el árabe mas-kharah que hace referencia al bufón anónimo y arriesgado. Históricamente se asocia el uso de las máscaras con ceremonias religiosas. Y casi todas las culturas antiguas muestran algún tipo de objeto para cubrir el rostro, como evidencian las tumbas fenicias y sus caretas funerarias. Otros hallazgos las muestran en pinturas rupestres (www.carnaval.com). Muchos pueblos primitivos han encontrado en las caretas una forma de acercarse a sus deidades, a seres mitológicos o a espíritus del mal durante sus rituales. El continente africano es dueño de las más exquisitas máscaras, con funciones diferenciadas según aludan a los espíritus del antepasado, a los héroes mitológicos, a la combinación del antepasado y el héroe, y a los espíritus de los animales. En Grecia, el teatro hizo de esa cubierta del rostro un elemento esencial. Tanto, que el nombre que se le daba, cara, quedó estampado para denominar la faz humana en un juego extraño que ironiza con lo que esconde un rostro social y que un antifaz o una máscara ayudan a exteriorizar. En la Roma clásica se solía colocar una máscara al difunto para reconocerle entre los otros durmientes eternos y a la vez para recordarle tal como lucía en vida. Una máscara sirvió también para satirizar los ritos cristianos en los circos donde los fieles servían de alimento para los leones. En el medioevo, los caballeros portaron estructuras complejas de metal para protegerse en sus duelos a muerte. Tales máscaras tenían grabadas diversas expresiones faciales para mostrar el carácter de quien las portaba. En adelante, la careta tomó más importancia en los acontecimientos festivos que en la religiosidad. Tanto, que en Europa la realeza del fastuoso siglo XIX gastó fortunas en los enjoyados antifaces que encargaba para los bailes. Con licencia para expresarse Qué hubiera sido del Llanero Solitario, Batman, Robin, el Hombre Araña y la seguidilla de superhéroes sin ese recurso cuasi mágico. Por supuesto, un antifaz de simple género negro sirve también para tapar la miseria de algún ladronzuelo o, más amablemente, el rubor de un secreto y tímido amante. Pues todo esto está al alcance de un simple mortal en los días de carnaval, cuando está permitido jugar sin sentirse ridículo. Como concluye Alvis, una careta permitirá liberar a nobles y a viles que en los días de rutina duermen dentro de uno esperando escapar por los agujeritos que deja el pequeño antifaz.
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