Domingo , Febrero 18 de 2007
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Los anarquistas
Una lucha festiva contra el olvido
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La Guerra del Chaco marcó un cambio en la forma de vivir el Carnaval. Los Olvidados reviven esos tiempos a través de la música.

Texto: Patricia Cruzado
Fotos: Patricio Crooker

Los overoles azules somos Los Olvidados, anarquistas del 30 con disfraz ferroviario. Este verso de la popular comparsa paceña es más que poesía: es historia. Desde el inicio del periodo colonial el Carnaval pasó a formar parte de la vida boliviana cinco días al año. La fiesta pagana europea y la boliviana, ésta última con fuertes raíces prehispánicas en la parte andina del país, se fundieron dando lugar a un evento cuyas formas, participación y géneros musicales se han ido moldeando hasta desembocar en la parranda que hoy se conoce.

Según la antropóloga y profesora de la Universidad Mayor de San Andrés, Beatriz Rosells, “el Carnaval nunca ha sido exclusivo de las clases altas, pero debido a su uso político, en muchos periodos ha servido como baza para marcar las diferencias sociales, mientras que en otros momentos sirvió para reducir esos escalones”.

A finales del siglo XIX, “nuevas clases pudientes emergían del sector minero y cocalero imponiendo con ello un nuevo espíritu de modernidad que revalorizaba todo lo europeo en rechazo de las manifestaciones folklóricas”, explica la profesora de Historia. Con este panorama, al inicio del siglo XX se gesta una trifulca entre las expresiones tradicionales, defendidas por las clases indígenas y obreras frente a la burguesía, y la antigua aristocracia que insistía en actualizar los cánones coloniales mediante las modas procedentes del Viejo Continente.

“El Carnaval constituye el reflejo de los procesos sociales”, explica Beatriz Rosells. “Desde los años 20, cuando las composiciones de los maestros bolivianos están en su mejor momento, lo popular va tomando aliento, efecto que se multiplica con la Guerra del Chaco (1932-1935) y se asienta después de la Revolución de 1952”.

Es por ello que “la élite, al igual que pierde poder en sus haciendas por la revolución de las bases indígenas, disminuye su presencia en el Carnaval”. A partir de ello, las clases obreras ya no tienen que desfilar en segundo plano, separadas en el espacio o en el tiempo”.

El azul se impone por las calles de La Paz. Una amalgama de overoles, raídas caretas de anciano y cachuchas coloridas conforman un lienzo tintado de melodías de antaño con firma de maestro. Son Los Olvidados en la entrada de la Jisk\'a Anata, que no siempre ha recogido una muestra plural de la población paceña, dado que se obligaba a los indígenas y clases humildes a celebrar su festival callejero en otras fechas, hasta avanzados los años 20.

Los ferroviarios conformaban un gremio cohesionado debido a la importancia del ferrocarril en la época y el símbolo de modernidad que implementaba esta inversión extranjera. Considerados anarquistas, presionaron para favorecer la incursión de todo el pueblo paceño en el Carnaval. A principios de siglo, el peso de la modernidad imponía los ritmos extranjeros como el tango o el bolero, procedentes del mestizaje con la cultura importada, sobre los ritmos nacionales como la cueca o el huayño. Frente a ello, las clases artesanas, y entre ellos muchos ex combatientes del Chaco, promovían las canciones nacionales.

Ese empeño es el que Los Olvidados trata de devolver al presente a través de las letras gestadas en la reivindicación popular.

El proceso de recordar

Viajando en el tiempo, las envolventes notas de una cuequita se deshacen como merengue entre las manos que dirigen los instrumentos y las muecas de unos labios cantores. Bajo la luna de un 23 de junio de San Juan, la noche más fría del año, cuatro sillas se reúnen junto a una puerta del barrio de Chacaltalla. Son cuatro amigos, cuatro recuerdos, cuatro anhelos por recuperar las melodías que cayeron en saco roto.

En torno a una fogata que despertó espontáneamente la chispa de la memoria, tocan Dionisio Callisaya, Efraín Torricos, Ramiro Camacho y Jaime Arteaga —actual presidente de la comparsa— junto con su hijo Jorge Arteaga, quien por entonces tenía seis años. Así nacieron Los Olvidados.

Carnaval de 1986. Con la petaca a cuestas y el cartel a lomo del pequeño Jorge, fluyen cuerpos y música de Los Olvidados. El aplauso del público les tienta y al año siguiente están de nuevo en la fiesta grande. De cuatro pasaron a ser noventa en 21 años. Entre los nuevos olvidados destacan Álex Sánchez Bustamante, Armando Iglesias o Isaac Nolla. El proyecto de Música de Maestros, dirigido por Rolando Encinas, constituye un valor añadido en el grupo.

En los ensayos, la risas de pepinos se mezclan con letras que versan “por la injusticia del pueblo me trajeron a La Paz, me llevaron a la cárcel”. “Borracho estaba, no me acuerdo”, cantan profiriendo la excusa por el desborde de alegría.

Y así, año tras año, un pedazo de nostalgia anida en las carnestolendas paceñas, de las que la élite se ha replegado. Los viejos anarquistas pueden darse por satisfechos, pues la entrada y el corso son de indios y mestizos, de obreros y clase media. Las pomposas y exclusivas fiestas de salón, las comparsas de pierrots que tenían el aval oficial, ésas sí duermen en las arcas del olvido, quizás para siempre.

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