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Lo técnico pierde ante lo político
Winston Estremadoiro*
Hay momentos en que se torna inaccesible la sardonia en mi prosa. No es sólo por lo complicado que es comentar el devenir boliviano con mueca de risa, cuando la cosa da para llorar. Y busqué inspiración en un vitamínico de Savia Andina (Verbenita), Nina Simone (I Put a Spell on You) y Otis Redding (Try a Little Tenderness). Luego indagué paralelos con Evo Morales en No llores por mí, Argentina, clásico de Andrew Lloyd Webber y su ópera Evita, cantado por Paloma San Basilio, ya que al paso que vamos en tres décadas escucharán la zarzuela Evito y gracias a Dios ya me estarán comiendo los gusanos. Nada.¿Cómo que nada?, dirá alguno que piensa que la musa le viene a uno fácil como comer un chocolate. Pues nada, porque mi meditación triscaba el tema de lo que sería el gobierno de Evo Morales, si en su devenir pesara más la razón que la ideología, la lógica más que el fanatismo, el bien común más que la borrachera de poder. Algo tuvo que ver un artículo de Luis Bredow, Los juegos que juegan con nosotros, en el que el artista compara la política boliviana a los juegos de apuestas, uno en que la moneda son las personas organizadas en grupos, lanzadas a las calles o empujadas a las urnas. Hoy la política se juega en dos mesas, la de los comicios y la de la movilizar a la plebe: ´cuando el juego se prolonga, los jugadores ya no saben cómo terminarlo, y ya no lanzan masas a las urnas sino a los campos de batalla. A eso se llama guerra civil´, sustenta. Cinco presidentes en un lustro hicieron comentar a Ricardo Lagos, ex presidente de Chile, que no había forma de abordar seriamente el problema del mar con Bolivia. Puede ser que cuando la clase media privilegió con el voto a Evo Morales, lo hizo tanto por asco de las componendas corruptas, como por el hastío de un interminable reality show de juramentos de efímeros inquilinos del Palacio Quemado. Pero la legitimidad obtenida en las urnas por Evo Morales ha sido despilfarrada como dinero fácil. Pudiendo ganar a fuerza de buen gobierno la permanencia reelectoral de su partido, Evo Morales se ha empecinado en imponer su vigencia de 20 años con las acrobacias en un circo de dos pistas: actos electorales digitados y el chantaje de la presión de masas aleccionadas. Comparto la perplejidad de Bredow ante tal insensatez, al preguntar si se debe a ´entusiasmo, novatada o una tendencia a eyacular precozmente´. Porque además de enajenar a la clase media, viene sangrando a valiosos elementos. No me vengan con clichés baratos sobre la oligarquía o sobre los resentimientos étnicos: los electores de la inédita victoria electoral de Evo Morales en enero 2006 fueron mucho más que discípulos de Fausto Reynaga injertados en socialismo a la cubana. La pregunta entonces es: siendo que el sostén de Evo es un movimiento variopinto, no un partido político, ´¿tendrá ‘rudos’ a sueldo, que lo arrastran a combatir?´ Algún indicio en tal sentido se desprende del último cambio de actor en el primer año del gobierno de Evo Morales: la renuncia de Juan Carlos Ortiz a la presidencia de YPFB. Tal sugiere que se retornará al manoseo político, poco técnico y menos corporativo, en la refundación de YPFB. Es claro indicador de que en el partido de gobierno han prevalecido los ‘rudos’ que llama Bredow, que otros llaman ortodoxos, y yo, fanáticos. Porque la presión a Ortiz, que provocara su renuncia, se identifica con un modelo de empresa estatal centralizada, metida a todo quehacer, con poco margen de acción a la iniciativa privada. Descártese un YPFB en el molde de empresa corporativa como Petrobras, no politizada, que cotice en la bolsa de valores y sea administrada con transparencia, contratando personal idóneo a través de convocatorias públicas. Olvídense de un YPFB formando alianzas estratégicas con petroleras que tienen tanto el capital como el acceso a la tecnología para desarrollar el sector en Bolivia. Quedan dos meandros abiertos para encauzar el río de YPFB: por un lado, la vieja vaca lechera con cuyos ingresos cubría el Estado sus gastos corrientes; y por otro, la entrega paulatina del sector a PDVSA, la empresa petrolera venezolana en cuya sociedad se ha conformado Petroandina. ¿De qué nos vamos a disfrazar si los venezolanos retornan al cauce de las buenas prácticas corporativas y reclaman que si YPFB quiere el 51% de acciones de Petroandina, pues que se ponga con su porción de capital? Ya hay indicios en tal sentido, en que Bolivia tendría que amollar $501 millones de verdes, para invertir 1.000 millones en un sector que precisa cinco veces tal cantidad, si va a ser una potencia de tercer orden en ese campo. Con Bredow también comparto la noción de que se está tirando por la borda la mejor oportunidad política para gobernar bien. Que el gobierno de Evo Morales ´tiene recursos para ofrecer cosas muy novedosas y útiles´: mejorar la nutrición y la educación escolar; fomentar la producción de alimentos que el Estado compre a buen precio; organizar productores e industriales prestando asistencia técnica y capital de trabajo; mejorar dramáticamente los servicios de salud rurales: podría ser el mejor gobierno de Bolivia. Pero la suerte parece estar echada por la opción política, en el sentido anquilosado que tal práctica tiene en el país. Ya tenemos un Canciller que está en el cargo por ser ‘étnico’, que ignora de un asesor émulo de Montesinos en el Palacio Quemado, casi confundiéndolo con uno de los fantasmas que dicen que por ahí pululan. Si en YPFB no terminaba de asentar una relación propicia a negociar con las empresas petroleras en el mejor interés de la patria, ¿será que se patea el tablero sosegado de las negociaciones y se va de vuelta a las estridencias estériles? Si en la selección de personal se dará preferencia a los ‘compañeros’, ¿qué diferencia habrá con el YPFB de antes? *Winston Estremadoiro es antropólogo. winston@supernet.com.bo |