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El cataclismo del MAS
Daniel A. Pasquier Rivero
El paso de la revolución se acelera, pero con los métodos y la dirección equivocadas. El país requiere reformas de fondo por la pobreza extrema, a niveles moralmente inaceptables, de un alto porcentaje de la población; por la inseguridad frente a la justicia de todos los bolivianos; por la discriminación y la desigualdad de oportunidades que supone una educación de bajísima calidad casi para todos; y la carencia todavía de un nivel de cultura democrática que garantice la tolerancia suficiente para una convivencia pacífica en esta abigarrada sociedad multiétnica y pluricultural. A este convencimiento hemos llegado todos los bolivianos en mayor o menor grado, sea como resultado de una inteligencia medianamente informada o por una conciencia medianamente sensible. En el oriente, la formación cristiana de la mayoría de su gente tanto en la ciudad como en el campo, ha hecho más fácil la comprensión y, por tanto, los procesos de inclusión social se han dado de manera casi natural. Se han visto disminuidos los efectos negativos de una sociedad que ha buscado su desarrollo en medio de tantas dificultades, que bien podría, si no justificar sí hacer entendible excesos y abusos contra los derechos de los más débiles, que siempre han sido mal vistos y condenados.
Ante semejante panorama la conciencia revolucionaria de gente progresista ha estado presente siempre en la historia del país y, sin embargo, pocas veces encontró el cauce adecuado, positivo, fructífero, que viniera al fin a resolver en algo la anterior situación. Sin duda es 1952 el hito más importante de transformaciones para el Estado, a tala punto que “las banderas de abril” pasaron a ser patrimonio de todos los bolivianos. De alguna manera ese proceso, aunque perdiendo fuerza su corriente transformadora, continuó en los regímenes posteriores, adaptándose al momento y a las corrientes internacionales preponderantes en lo económico, político y social. Los avances han ido a la par que los frenazos. El pueblo ha visto y vivido etapas de evidentes avances, pero en algún momento los grupos radicales de ambos extremos vinieron a frenar el proceso. Por tanto, no es la primera vez que se levanta la misma bandera de la revolución, ni será la última, desgraciadamente, porque los problemas perviven. El MAS ha sabido acoplar a sus filas durante la campaña por alcanzar el favor en las urnas, a los grupos tradicionalmente marginados, especialmente mineros y campesinos. Pero la sociedad de estos grupos es verdaderamente accidental, ya que cada uno tiene sus fines y objetivos bien definidos, y no siempre han sido ni serán compatibles con los fines y objetivos de entre todos ellos, y menos todavía compatibles o aceptables por toda la sociedad boliviana, que en su inmensa mayoría es occidentalizada, urbana y mestiza. Una y otra vez, la raíz de los fracasos quizás resida en el desconocimiento o el rechazo a semejante realidad, y el MAS parece correr el mismo riesgo.
Nadie ha dicho que gobernar sea fácil, pero lo que sí es recomendable y hasta exigible a cualquiera que intente llevar adelante un proceso de transformaciones en Bolivia, es que tenga una actitud autocrítica altamente sensible, lo más inteligente para sortear los peligros del fracaso tradicional. Un año, el tiempo del actual gobierno, en términos cósmicos puede ser nada, pero es una eternidad para los que esperan que las cosas cambien, es decir, que mejoren. Las necesidades traen consigo sufrimientos, dolores y muerte en muchos casos, que son ocasionadas en alto porcentaje por imprevisiones e irresponsabilidades institucionales; los que sufren no pueden, y no se les debe pedir, que esperen. No siempre se va a acertar con las medidas definidas desde el gobierno, pero en la medida que se respeten los procesos positivos y beneficiosos que están en marcha, las transformaciones y las mejoras serán más perceptibles para las mayorías, se generará confianza, se demostrará estabilidad -que debería ser una de las principales características de las medidas de Estado-, y la paz será una consecuencia. Pero para eso hace falta una enorme dosis de honradez intelectual, para reconocer los valores aportados por cualquiera dentro de la sociedad política o cívica. Inteligencia para conocer la historia de la construcción de este proyecto llamado Bolivia, lucidez para reconocer los errores propios - que casi siempre serán repetición de antiguos errores-, y fortaleza para rectificar ante propios y extraños el camino equivocado.
Es un verdadero cataclismo el propiciado por el MAS, al buscar permanentemente el enfrentamiento entre bolivianos, sin importar el motivo, ya sea campo-ciudad, ricos-pobres, cambas-collas, indígenas- mestizos, aymaras-quechuas y, por último, bolivarianos contra el resto del mundo, es demasiado. Si a cualquier fenómeno físico se le puede buscar solución, y a veces la tecnología permite que ésta sea inmediata, en estos otros fenómenos de carácter social y político las consecuencias de los cataclismos tienen más duración, revisten mayor gravedad y la solución es muy difícil de encontrar. La peor herencia que dejaría el actual gobierno sería la enorme brecha de incomprensión y de intolerancia abierta en la sociedad boliviana; de nada va a servir en unos años mencionar índices económicos exitosos si la final la política de provocación y enfrentamiento tiene en su haber odio, llanto y luto. La fractura ya provocada en la sociedad boliviana por el cataclismo ideológico masista, tiene que curarse desde arriba, deteniendo definitivamente los elementos que puedan agravarla, evitando así la eclosión total previsible y tan temida. El empeño del gobierno por mirar la herencia cultural indígena hacia atrás, hace prácticamente incomprensible el futuro del país, que en definitiva es lo que debe importar a todos, incluyendo a los marginados. Por el contrario, como sociedad debemos hacer un esfuerzo por comprender al mundo de hoy, para hacer de forma paralela el esfuerzo de integrarnos, y hacer que el intento revolucionario de convertir a Bolivia en un país moderno, democrático y en desarrollo no sea un sueño si no una realidad a mediano plazo. El mundo puede no ser lo que nosotros queremos o pensamos, pero podemos intentar comprenderlo para aspirar a ser parte de su construcción; podemos lograrlo incorporando conocimiento, tecnología y capitales, acelerando los tiempos de hechos y no de discursos de guerra. |