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Bailes de Carnaval, boxeo, velorios y todas las artes escénicas han desfilado por el escenario inaugurado en La Paz en noviembre de 1845. Texto: Miguel Vargas S. • Fotos: Pedro Laguna Mierda´ es la palabra con que todos los artistas se desean suerte antes de ingresar al escenario. Rituales como éstos se repiten a diario en medio de un halo de misterio que envuelve a los teatros, donde lo que sucede entre bambalinas es muy diferente de lo que acontece sobre las tablas. La vida interna de estos edificios —simbiosis de fortaleza y hormiguero— bulle de secretos y rituales íntimos que mutan según cada generación. Si lo sabrán las paredes, camerinos y tramoyas del Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez de La Paz, uno de lo escenarios más célebres del continente. Se abre el telón. El silente piso de madera recuerda estrenos de ópera, peleas de boxeo, velorios, proyección de películas, bailes de Año Nuevo y sesiones políticas. Catalogado como una joya de la arquitectura latinoamericana, el Teatro Municipal se inauguró el 18 de noviembre de 1845 junto a la segunda presentación de la Canción Patriótica, el actual Himno Nacional. A esta inauguración le precede una tradición de espectáculos en la ciudad de La Paz, según explica el actual director del Teatro Municipal, Sergio Caballero. ´Se estrenó el teatro para recordar el cuarto aniversario de la batalla de Ingavi, cuando el general José Ballivián puso fin a la invasión peruana al mando del general Agustín Gamarra. Sin embargo, la construcción del edificio data del gobierno de Andrés de Santa Cruz, quien donó el terreno que era parte de su palacio, que abarcaba desde el actual colegio San Calixto. Santa Cruz donó este terreno porque ya había una tradición teatral en la ciudad. Donde actualmente es la Casa Social del Maestro, existía un convento donde las monjitas ya organizaban presentaciones. Ellas contaban con una construcción, una especie de corral de comedias español´. De la tradición en las artes escénicas ya ha documentado el investigador y costumbrista Ismael Sotomayor, quien poseía un programa de ópera que data del año 1852, cuando llegó la compañía Agreschtti para presentarse en el antiguo Coliseo. Con el tiempo, la actual Genaro Sanjinés se conoció como la Calle de los Teatros, pues albergaba al Teatro Municipal, el Teatro Princesa y la Casa de la Cultura. Luego de construida la infraestructura, se contó con un programa que incluía arias de ópera, entre otros actos artísticos y protocolares inspirados en la moda francesa. Funciones múltiples Al principio, se conoció al edificio simplemente como Teatro de La Paz. El término de ´Municipal´ se le sumó mucho tiempo después, cuando pasó a ser propiedad del municipio. El año 1957 se le adicionó el nombre de uno de los más reconocidos dramaturgos paceños, Alberto Saavedra Pérez. Luego de la gala inaugural, en una época influenciada por Francia y el desarrollo de la burguesía, la moda y las artes seguían los mandatos de París. En la arquitectura ocurría lo mismo. El estilo neoclásico buscaba recuperar varios elementos de la arquitectura clásica, aunque sólo sea a nivel decorativo. En sus inicios, los programas del teatro se concentraban en óperas y obras clásicas de teatro. Llegaban muchas compañías del exterior. Una de las principales anécdotas que conoce Sergio Caballero es que la ópera Aida (Giuseppe Verdi) se estrenó por primera vez en Latinoamérica en este escenario. ´Tenía que estrenarse en el teatro Colón de Argentina, pero hubo problemas allí y la compañía vino directamente aquí a estrenar la obra para el público latinoamericano´. Como ésta, se han presentado otras óperas con compañías que llegaban esencialmente de Europa —sobre todo de España—, Argentina y México. En vísperas de la Guerra del Pacífico (1879-1884) se preparaba la fiesta de Mascaritas de Carnaval en este escenario. Una vez que estalló el conflicto, el Teatro se convirtió en un centro de reunión para la beneficencia. Allí se realizaron funciones con carácter benéfico. Al principio se hicieron para recaudar fondos para los uniformes de los soldados, pues éstos sólo contaban con la vestimenta que de buena gana les confeccionaban las madrinas de guerra, quienes según su gusto y las tendencias de la moda costuraban las prendas. Debido a la desigualdad en los uniformes —apunta Caballero— se realizaron funciones para recaudar dinero y hacer ropa uniforme. Cuando llegaron los presos chilenos, también se hicieron sesiones maratónicas para recaudar fondos para poder mantenerlos. Más allá de estas actividades de corte benéfico, también se han producido en su interior manifestaciones que no siempre han estado ligadas a las artes escénicas. El teatro Municipal ha sido durante muchos años el centro de encuentro y presentación social de las clases altas para los bailes de Carnaval, Año Nuevo y el 16 de Julio. Por ejemplo, en el gobierno de Hilarión Daza (1876-1879) se destruyó completamente el escenario para crear una gran pista de baile uniforme. Años después, cuando se reconstruyó el escenario, se hicieron tarimas para alargar el proscenio hasta la entrada del patio de plateas, para así tener disponible una superficie para la celebración de los bailes. Esta costumbre desapareció con la construcción del Club de La Paz. El escenario también se ha adaptado a un ring de lucha libre para la llegada de celebridades de este deporte desde México y también para espectáculos de pugilato. Los circos también se apoderaron de este escenario, donde trapecistas, malabaristas y demás artistas circenses adaptaron sus números. Los múltiples rostros Se han documentado al menos unas siete remodelaciones grandes del Teatro Municipal. A principios de 1900 hubo la primera, de la que se conoce la fachada gracias a la fotografía más antigua de este edificio que data de entre los años 1915 al 1920. Una importante refacción es la que se celebró en los años 70, cuando se cubrieron los palcos bajos con un empapelado sobre los frescos que estaban en las paredes. La otra importante refacción se realizó entre los años 1992 y 1994, en que se logró avanzar en el proscenio, recuperando espacio, mejorando la parte acústica, se retapizaron las butacas y se arregló el cortinaje. El año 2006, la Oficialía Mayor de Culturas, con el apoyo del departamento Restauración del Viceministerio de Cultura, ha realizado obras de reparación preventiva. Entre estos trabajos se destaca la restauración del fresco del plafond, en que se ha realizado un trabajo minucioso para el que se han tenido que sacar las butacas y así poder montar los andamios necesarios para que los restauradores —al estilo del artista italiano Miguel Ángel en la Capilla Sixtina— puedan realizar su trabajo tendidos boca arriba. Según los datos históricos de José y Teresa Mesa, el autor del fresco sería el artista francés Lemetyer. En esta intervención se logró recuperar un 90 por ciento del fresco original. También se ha hecho un estudio para detectar los colores originales de la fachada, aunque se ha optado por obviar los colores pasteles pálidos por tonos más atrevidos. ´Hemos decidido ser más audaces con el color de la fachada que eventualmente también se va a cambiar. Estamos conscientes de que es un color momentáneo´, señala Caballero, quien además mandó pintar las paredes del interior del teatro con un tono que influye menos en la iluminación del escenario. Cambios de lo más extravagantes nunca han faltado. Hubo un director que decidió cubrir el fino trabajo en metal de las barandas de la galería y el anfiteatro con estuco, pues consideraba que a través de las rejas se podía entrever las piernas de las féminas, atentando de esta forma contra su honra. Una de las joyas de las que el teatro se enorgullece es el sistema de tramoyas, sobre la base de pesos y poleas, casí único en la región. ´Éste es uno de los atractivos más importantes que tenemos dentro de los recorridos con gente de artes escénicas, cuando en la mayoría de los teatros ya tienen sistemas eléctricos e hidráulicos. Ya no necesitan la tramoya a no ser para colocar las luces´. Por otro lado, la tecnología está también presente en este escenario. A nivel equipos se compraron nuevas lámparas y para este año se aprobó la compra de nuevos sistemas de iluminación y de sonido de última generación, para de esta forma lograr satisfacer las múltiples necesidades de los grupos locales e internacionales que tienen como casa a este escenario municipal. Una síntesis de la sociedad Otra cosa es en bambalinas. Los rincones y recovecos del teatro permiten visiones distintas de las que ve cualquier espectador. Por un lado, están las dos salas de ensayos y la sala de honor donde se realizan los vinos para las premiéres. Por otro, están los camerinos que albergan desde una persona hasta aquéllos en que entra un coro completo. También está la sala de vestuario —donde se guardan uniformes originales de guerra y vestidos de época que salen como pan caliente cuando se trata de disfrazarse para los desfiles de época en las fiestas de julio— y la fosa para orquesta, donde se realizan los ensayos finales gracias a los espejos de la sala. Sesiones de honor, encendidos discursos, la vida política y social de la ciudad ha pasado y pasa por el Municipal. ´El teatro es una especie de radiografía social. Cada noche se puede ver con qué se identifica la gente y qué es lo que la embelesa. No existe un público asiduo al Teatro Municipal, sino públicos cautivos con espectáculos folklóricos, la danza contemporánea, la clásica, el teatro... Eso demuestra que somos diversos en la misma urbe y ahora estamos buscando nuestras raíces urbanas´, concluye Caballero. Así, el teatro marcará también los nuevos rumbos que tome la ciudad. Y como espectadores del Alberto Saavedra Pérez, sólo queda afianzarse en la tradición teatrera y desearle a este escenario ´mucha mierda´ para los años futuros. El edificio El Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez fue construido durante el gobierno del Mariscal Andrés de Santa Cruz y se estrenó el 18 de noviembre de 1845. También fue el primer edificio público que contó con luz eléctrica. Queda en la actual calle Genaro Sanjinés, esquina Indaburo de La Paz. Su capacidad actual —sin contar con las dependencias del Teatro de Cámara— es de 324 plateas, 11 palcos con seis asientos, 127 anfiteatros y 150 galerías; un Salón de Honor para 150 personas, dos salas de ensayo, 20 camerinos, un foso para orquesta sinfónico con espejos que se usa también para ensayos y un servicio de vestuario en que se presta la ropa dejando alguna garantía. Durante las funciones se abre la cafetería. El teatro cambió su nombre a finales de los años 50 en honor a Alberto Saavedra Pérez (1904 - 1943), dramaturgo paceño que se hizo célebre gracias a su pieza Melgarejo, que tuvo gran aceptación en el territorio nacional y en Chile, Perú y Colombia. Escribió más de 40 obras. El tío ubico Imposible hablar del Teatro Municipal sin referirse de alguna forma al fantasma que acompaña sus pasillos. Todos los trabajadores han sentido la presencia del tío Ubico, quien tiene su propio camerino y que nadie usa. Wenceslao Monroy fue el nombre del fantasma que se siente con más fuerza en los baños, los pasillos o junto al piano. Wenceslao Monroy habría trabajado como administrativo en el Teatro Municipal en la década del 50, después creó la Compañía de Comedias Tiwanaku. Ya anciano se habría convertido en limosnero y le habría llegado la muerte congelado en la puerta de la calle Genaro Sanjinés. Todos coinciden en que se trata de un fantasma bueno.
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