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Provenientes de Bolivia y Perú, estos jóvenes se reunieron en la comunidad Chipaya de Oruro para intercambiar sus conocimientos culturales. El evento pretende salvar el idioma y reavivar la cultura ancestral. Texto y fotos: Javier Badani Ruiz
Los vientos del sur no son bienvenidos en Chipaya. Impulsados con violencia por la altipampa, las brisas salinas que llegan desde Uyuni dañan la escasa tierra fértil de esta localidad orureña. Para repeler su fiereza, los urus salen a su encuentro armados de una bolsa de plástico. Una vez atrapado en el interior del nailon, el perjudicial viento es entregado al sucachiri —autoridad espiritual del lugar—, quien luego se encarga de reprenderlo por su perjudicial presencia. Hoy, el viento parece haber tomado muy en serio las amonestaciones del sucachiri. La habitual briosidad de las corrientes del sur están ausentes de Santa Ana de Chipaya, ubicada a unos 200 kilómetros de la ciudad de Oruro. Sólo unos contados originarios atribuyen este fenómeno al poder de los sucachiris. Y cada año que pasa son menos los urus que mantienen viva las ritualidades ancestrales características de este grupo indígena. Lo lamenta así el profesor Filemón Felipe Mamani. ´Creo que es inevitable. La esencia de nuestra cultura Uru está destinada a la extinción total´. Las duras palabras de este técnico intercultural bilingüe estremecen a los organizadores del II Encuentro de Niños y Niñas de la Nación Uru, evento que intenta recuperar los milenarios hábitos de este grupo cultural andino. Los urus son considerados los primeros habitantes del altiplano boliviano y su génesis se remonta a unos 2.500 años atrás. Siglos después, este grupo se dividió siendo en la actualidad la población Chipaya la que mantiene viva gran parte de sus tradiciones. Este año, el encuentro —realizado el 1 y 2 de diciembre— reunió en esta localidad a niños urus que provenían de las islas flotantes de Chulluni (Perú), Jesús de Machaca (La Paz) y Chipaya. Reconstruir la nación Uru a partir de sus niños, fue la premisa. En busca de identidad Nemesio Vilca Charca lleva más de 12 horas de travesía por tierra y asfalto. Está inquieto. En sus 11 años de vida, ésta es la primera vez que se aleja de su Puno natal. Dentro de un par de kilómetros podrá conocer por vez primera a sus pares urus bolivianos. ´No sabía que yo era Uru, ni qué era eso´, dice Nemesio, que vive en las islas flotantes de Chulluni, a siete kilómetros de Puno (Perú). Habitada por 850 familias, esta población se sostiene gracias al millar de turistas que ingresan diariamente a sus islotes. Allí, con el paso de los siglos, la influencia aymara y occidental se ha sobrepuesto a sus orígenes urus. Este hecho ha provocado la pérdida de las tradiciones culturales de este grupo andino; entre ellas, la vestimenta y el idioma, el uchhuntaqu-uchhumataqu. Así, los habitantes de Chulluni no son reconocidos por el Estado peruano como miembros de la familia indígena Uru. Pero tampoco son reconocidos como aymaras. ´Estamos viniendo —a Chipaya— en busca de identidad. Por años nos han hecho sentir vergüenza de nuestros antepasados´, se expresan con firmeza los 27 años de César Mamani Paconpia, autoridad de esta población. Pronto, la bravura de César y la curiosidad de Nemesio se aplacan con el paisaje que regala Chipaya a la distancia. Desde las ventanillas del vetusto bus se observan los walichi koyas, las viviendas circulares características de esta localidad que, por su forma, ayudan hace milenios a combatir el frío de estos parajes altiplánicos. En el centro del pueblo, en cambio, se exuda ansiedad. Allí se encuentra Zulma Jhanete Condori (10), quien sigue con agitación el singular vaivén del pesado vehículo que transporta a sus ´hermanos de otro país´. Sus delgadas piernas ya han resistido por más de dos horas la espera, pero se mantienen firmes en medio del túnel humano que se ha formado para el acto de bienvenida. ´De qué color serán los peruanos, ¿no?´, se escucha murmullar desde la indiscreta fila de niños. Reconstruyendo lazos Francisco Lázaro Quispe (50) se mueve a mil revoluciones por minuto en una superficie que no supera los tres metros de ancho. En este reducido espacio —su vivienda— ha instalado un catre metálico, una tienda de abarrotes y la única heladería existente a cientos de kilómetros a la redonda. Hoy, con tanto visitante revoloteando por la plaza de Santa Ana de Chipaya, la humanidad de Lázaro no se da abasto ante la amplia demanda de sus helados sabor naranja de 50 centavos. Esperando su turno, los 11 años de Maribel Alaru Inda muestran extrañeza. Recién llegada del cantón paceño de Jesús de Machaca, la pequeña escudriña con incredulidad la ´rara´ vestimenta de los niños chipaya que la rodean. Delante suyo, por ejemplo, está Sonia Lázaro. La niña viste el ancestral urkhu, que consta de dos vestidos largos elaborados de bayeta. Los ojos de Maribel pronto se enredan en el peinado de Sonia. Llamado sekje, el complejo entramado de trenzas —más de una veintena— sostienen con firmeza adornos de todas las formas. ´Me gusta su ropa de los niños. Quisiera vestirme así en mi casa´, dirá Maribel, unas horas después, en una de las actividades de intercambio de conocimientos culturales del II Encuentro Uru. Esta niña forma parte de la comunidad uru-irohito que habita en las márgenes del río Desaguadero. Más de un centenar de personas conforman este poblado, donde actualmente las tradiciones urus corren riesgo de desaparecer. ´Antes, era prohibido hablar el uchhuntaqu-ucchhumataqu. Por eso hoy solamente un 20 por ciento nomás habla nuestro idioma. La mayoría son ancianos y el resto habla aymara y español´, explica Lorenzo Inda Colque, representante de esta población paceña. En su búsqueda por rescatar sus orígenes, y como resultado del primer encuentro de esta etnia, las autoridades uro-irohito han comenzado a revivir las construcciones circulares, el uso del idioma y parte de las tradiciones urus. Para Inda, sin embargo, lo más importante en el proceso de recuperación de la identidad cultural de la nación Uru es la reconstrucción oficial de su historia. Este proceso se impulsa en los encuentros anuales de los representantes de los cuatro asentamientos urus. Y luego de 2.500 años, las primeras páginas de esa historia ya resuenan en los labios de todos los componentes de esta etnia. ´Fuimos los primeros seres del mundo. Nuestros abuelos nacieron mucho antes que el Sol y vivían en las costas de los océanos de este planeta. Ellos estaban iluminados por la Luna´, narra Inda. Sangre que no se mezcla ´No son gente´. ´Salvajes siempre son´. ´A los niñitos matan´, escupen algunos pobladores aymaras de Huachacalla —población vecina a Chipaya—, al referirse a los aproximadamente 3.000 indígenas que habitan la localidad uru. Esas palabras reflejan a cabalidad la relación conflictiva que existe entre ambas culturas andinas. Dicha tensión se inició hace siglos tras el sometimiento de los urus por las fuerzas aymaras. Por eso, no extraña el escuchar a los adultos de Santa Ana de Chipaya aconsejar a sus hijos varones el no mezclar su sangre con la de los aymaras, a los que llaman ´toza´. Sin embargo, muchos descendientes urus, en especial de Perú, se consideran a sí mismos parte de la cultura aymara. Y por ello se expresan a diario en sus comunidades en ese idioma, que fue impuesto hace varios decenios. ´Ahora, letra por letra vamos a devolver en nuestras islas el lenguaje uru´, asegura el dirigente peruano Carlos Luján, mientras copia en su cuaderno algunas palabras uchhuntaqu-ucchhumataqu. En su borrosa anotación se lee, ´eph: papá; mä: mamá; usa: niño´. La preservación de la lengua uru está más avanzada en Chipaya. Los 200 estudiantes de primaria, por ejemplo, cuentan con un texto oficial elaborado en el idioma originario. Además, más del 50 por ciento de los maestros de las unidades educativas son urus, lo que garantiza a mediano plazo la preservación del lenguaje. Sin embargo, sólo basta recorrer el pueblo para constatar que en la actualidad la influencia de la cultura occidental es la que está opacando los hábitos urus. Así, la tradicional arquitectura rectangular de las grandes poblaciones ya ha reemplazado la mayoría de las estructuras circulares características de esta milenaria etnia. Lo mismo sucede con aquellos sitios sagrados construidos por los antiguos urus, los que en la actualidad se derrumban impulsados por el olvido de las nuevas generaciones y la presencia evangélica. Y la vestimenta originaria, que hace unos 50 años era utilizada diariamente, en la actualidad sólo es usada en días festivos. Esta situación impulsó al Centro de Apoyo Educativo Machaca, Plan Internacional y Nicobis a gestar anualmente el Encuentro de Niños y Niñas de la nación Uru. En su segunda versión, el balance del evento es positivo. Entre otros logros, los dirigentes de los asentamientos originarios de Perú y Bolivia crearon este año el Consejo Educativo de la Nación Uru (CENU), la que se encargará de desarrollar actividades conjuntas rumbo al tercer encuentro, en las islas flotantes de Chulluni. Los organizadores, además, destacan la interacción entre los niños de los tres asentamientos que participaron del evento. A través de juegos intercambiaron sus conocimientos culturales. ´He aprendido de los niños irohito a escuchar el canto del tiqi tiqi —ave andina— para saber cuando caerá granizo´, resume como una forma de evaluación la chipaya Zulma Quispe (11). Mientras el bus se aleja de Chipaya por el sendero de tierra, la brisa salina del sur desafía una vez más la autoridad del sucachiri. Más tarde, cuando la noche llegue, la autoridad desatará en el cementerio la bolsa de plástico que contiene la esencia del viento. Allí, éste tendrá que lidiar con los ancestros urus... Aunque las nuevas generaciones ya no lo crean. Primeros habitantes El pueblo Uru es considerado el primero en habitar el altiplano boliviano. Su historia se inició hace 2.500 años, pero sus raíces están ligadas a la cultura wankarani que pobló la región andina hace 4.000 años. En 1572, y por órdenes del Virrey Toledo, los urus fueron ubicados en la actual Santa Ana de Chipaya. Entonces se inició el desmembramiento de sus integrantes. Así, en la actualidad existen cuatro asentamientos. En Perú, se ubican en las islas flotantes de Chulluni, en Puno; mientras que en Bolivia los indígenas se hallan esparcidos en Jesús de Machaca (La Paz), en la región circundante al río Poopó y en Chipaya (Oruro). Una de las características de los urus —que no superan los 5.000 miembros—es que viven cerca de los ríos y lagos. Los urus de Perú y Bolivia se reconocen a sí mismos por las costumbres similares en caza y pesca. A partir del siglo XVI, este grupo cultural fue sometido por los aymaras, quienes los utilizaron como mano de obra en los trabajos de las minas. Según la tradición oral del pueblo Chipaya, fue en el siglo XIX que se produjo su ´liberación´, cuando se les reconoció su propio territorio. En la década de los años 30, en esta localidad orureña se construyó una de las primeras escuelas rurales del país. En la actualidad, menos de una veintena de los 3.000 habitantes de Chipaya son analfabetos. A pesar de ello, al culminar el bachillerato, muchos de los jóvenes uru-chipayas optan por emigran a Chile, donde trabajan en la agricultura. Los que se quedan, se dedican a sembrar quinua o a criar camélidos y ovinos. Según el agrónomo Luis Aguilar, hay tecnologías urus que pueden ayudar a mejorar la productividad del altiplano, como los sistemas de riego. LENGUA Fue el misionero estadounidense Richard Olson, quien en los años 50 inició el estudio del idioma uru, con el objetivo de evangelizar a los indígenas. Ese trabajo sirvió luego a los investigadores nacionales, quienes definieron la lengua como pukina o uru-chipaya. Sin embargo, y tras varios encuentros, las autoridades de los asentamientos de esta etnia coincidieron en llamar a su lengua uchhuntaqu-uchhumataqu. Una de las particularidades del idioma, que cuenta con 37 palabras, es que las consonantes se pronuncian como silbido, como zoqa (fiambre). Una de las impulsoras del idioma uru en Chipaya es Sebastiana Kespi (foto), la primera actriz indígena del cine boliviano. Actuó en Vuelve Sebastiana.
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