Domingo , Noviembre 26 de 2006
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Palabras al viento
Jorge Ordenes

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Según la prensa escrita hace unos días el Presidente de la República de Bolivia dijo públicamente que “todas las autoridades estamos en la obligación de subordinarnos al pueblo y a las instancias legalmente constituidas”. La cita, si cierta, es típica de lo que está aconteciendo cada vez más en Bolivia con la manera de “gobernarnos”, de hablar de gobernarnos mejor dicho, que hoy más que nunca es hablar por hablar, discursear por discursear; lo que indica que el hablante nunca realmente escuchó discursos de autoridades o de gente metida a política pese a que los oyó docenas de veces a través de los años, y que, sabiendo esto último, él también lanza palabras al viento cuando pocos escuchan. Propina lo que le propinaron.

La falta radica en no darse cuenta de que lanzar palabras al viento es un mal que urge superarse. El problema es que en 2006, y en función a la riqueza que encierra el territorio en que vivimos y la perenne ineptitud de convertirlo en bienestar, es mejor prometer que cumplir; confundir que esclarecer; provocar río revuelto que aunar y enfilar la energía multiétnica y pluricultural de modo que se deje de socavar.

Los pocos individuos que escuchan conforman un cotorreo de unos cuantos cientos de miles que están empezando a expresarse en torno a lo que se dice y discursea por boca de autoridades como su Excelencia. Los medios de comunicación impresos y electrónicos, más el importante Internet, se encargan de lo demás. Si hace veinte años unas cuantas decenas de miles de ciudadanos se enteraban de lo expuesto por autoridades como su Excelencia, hoy millones se enteran casi inmediatamente, en Bolivia y en otras partes. Pero esto no parece ser sopesado por su Excelencia y sus allegados que más se ocupan de lanzar, por la Internet u otros medios, escritos perogrullescos tratando de exponer y hasta defender “políticas” desavenidas con importantes colectividades del país.

¿Qué significa en buen castellano “la obligación de subordinarnos al pueblo y a las instancias legalmente constituidas”? Debería significar modular el planteo de los problemas y la conformación de soluciones, o sea modular las políticas del Gobierno, de manera que se satisfaga en la medida posible el pedido de la mayoría del pueblo. Y como somos hijos de la historia, o sea hijos de la Constitución vigente y de las leyes, se debería respetar, por ejemplo, el voto de dos tercios en la sufrida Asamblea Constituyente. Digo sufrida porque de “asamblea” tiene poco y de “constituyente” no tiene nada, por lo menos hasta el momento. También hasta el momento el ejercicio de organizar la Asamblea está lejos de acatar las instancias legalmente constituidas. Sí o no, señor Presidente. Diga usted. Entonces, ¿cómo deberíamos interpretar su discurso? ¿Qué adjetivo deberíamos utilizar para calificarlo? Pero sigamos. 

En lo que toca a la reforma de la ley de tenencia de tierras y para respetar “la obligación de subordinarnos a la voluntad del pueblo”. ¿Por qué no respetar la voluntad de los pueblos en forma equitativa o sea regional, reconociendo diferencias de clima, recursos, situación geográfica, circunstancia histórica, etc.? Tal significa reconocer que no puede haber una solución para todos, y que hay que trabajar arduamente para encontrarla dentro del marco autonómico que respete la voluntad de la Media Luna de hacer las cosas en forma distinta a las regiones de Occidente. Qué de malo hay en eso.

Que primero hay que organizar la autonomía jurídica, económica y socialmente, no debería caber duda. Que las huestes “originarias” de Occidente quieren imponer sus ideas, y que su líder es el Presidente ¿de todos los bolivianos?, tampoco debería caber duda. La verdad en este caso, y en el tenor de cumplir con la obligación de “subordinarse” a las voluntades de los pueblos, es que urge trabajar de modo que las leyes de tenencia de tierras sean el resultado de esos acuerdos autonómicos, y no su rebuscada causa… que vendría a ser como situar la acémila después de la berlina. Una tontería… que su Excelencia y sus allegados deberían evitar.

Bolivia no es un ayllu, o “archipiélago vertical” como lo llamó el historiador John Murra. Para refrescar su memoria, no hubo ayllu en la época de oro de las civilizaciones andinas, o sea hasta el año 1350 del calendario juliano, que midiese más de 30 kilómetros de longitud de zona alta a zona verde. Entonces, ¿por qué inventar la historia que, por inferencia de lo dicho por su Excelencia, se hace mofa de una época tan ilustre y tan avanzada de las culturas andinas que, a propósito, también eran multiétnicas y pluriculturales? Ahí radicó la grandeza de estas culturas, lo dicen varios historiadores de sus antepasados andinos incluyendo cronistas españoles que recogieron la gran tradición oral. ¿Sabe usted lo que significó el año 1350 DdC en la cosmología andina? Si lo supiese, no creo que usted procedería en la forma iconoclasta en que está procediendo con varias naciones que buscan constituir Bolivia.

 
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