Lunes , Noviembre 20 de 2006
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La felicidad
José Gramunt de Moragas, S.J.

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Entre los múltiples factores que están corroyendo los valores morales en que se sustenta la familia, hay que mencionar con especial énfasis a los medios de comunicación social, muy especialmente los visuales. La “cultura” que domina estos medios presiona de tal forma sobre el ambiente -más que permisivo, corrompido- que, a estas alturas de la historia de la humanidad, han conseguido demoler una buena parte de los cimientos de la célula primaria de la sociedad. Cada vez son más las familias deshechas o, simplemente ni siquiera regularizadas como unión permanente de hombre y mujer, y van naciendo hijos en condiciones de riesgo físico y moral inminente. Es un retroceso en la civilización.

Pero hay más. El último mensaje de la Conferencia Episcopal de Bolivia nos ha recordado otras causas del “deterioro progresivo de la familia” ... “como fuente de vida y de amor”. Copio: “hedonismo, pobreza, desempleo, violencia, machismo (yo añadiría, ignorancia) y, de una manera particular, el éxodo de tantos bolivianos que está ocasionando la ruptura de muchas familias y la falta de protección y abandono de muchos de nuestros niños y jóvenes”.

Cuando leo el titular de un prestigioso diario que en su primera plana difundía la optimista información de que la mayor parte de los bolivianos se sentía feliz, me congratulo a mí mismo por la suerte de vivir en una sociedad tan privilegiada. Sin embargo, todavía me cuesta creer en esta versión color de rosa. Lo que no quita, de ninguna manera, que no haya gente que viva muy feliz siendo ejemplo de una vida familiar bien orientada. Y que San Pedro se la bendiga.

Sin embargo, y en lo que hace a la familia, el aumento de separaciones y divorcios, el trágico número de niños nacidos fuera de un hogar, llamémosle normal, o sin hogar, a secas. O por las tantas personas que viven en el abandono o en la desgarradora “soledad en compañía” y en mil otras circunstancias infelices, congratulémonos de que también haya gente que rebose felicidad.

Pues “que la cuiden, que la cuiden...” Si la sociedad en que vivimos (¿felices?) quiere afianzar y promover los valores familiares básicos, el amor, la ayuda mutua, la paternidad responsable, la buena educación de los hijos y tantos otros, habrá que buscar la solución que frene su decadencia. ¿Y cuál es la solución? ¡Dios mío, quién la tuviera! Pues, aún cuando parezca una simpleza, la solución empieza más por dentro que por fuera de la misma familia. El comportamiento de los cónyuges, su responsabilidad ante los hijos, su buen ejemplo como ciudadanos, son algunos indicadores.

Las otras agresiones que vienen del exterior del núcleo familiar ya las han indicado los obispos. La misma sociedad o el Estado, en su caso, deberían encararlos con sentido de justicia y sensibilidad humana. La Iglesia, por su lado, tiene un papel fundamental que desempeñar como maestra de humanidad. En particular, en la educación. Un terreno en el que el actual ministro del ramo ha suscitado un conflicto inútil que el Gobierno deberá corregir, en franco diálogo con los obispos. Porque una sociedad fundada en una familia bien conformada es la primera condición para esa felicidad de la que todos quisiéramos participar.

*José Gramunt
es sacerdote jesuita y
director de ANF.

 
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