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La población mezcla los rituales religiosos con los paganos para despedir a las almas. Sus vecinos aún sufren añoranza de la época del auge del oro. Texto: Álex Ayala Ugarte • Fotos: Pedro Laguna
Fuma Astoria, el tabaco negro de las minas. Exhala los restos a grandes bocanadas, como si cada vómito de humo le saliera de las entrañas y fuera a ser el último. Con una camisa muy tropical, un vino en cartón sostenido por su mano izquierda y un pequeño cuerno colgando del cuello, Zapapieiro, apodo por el que es conocido este gallego de mediana edad, recuerda una macabra historia de difuntos. Es sobre su amigo, otro gallego que sobrepasa los 80 años y que está afincado en el pueblo de Sorata desde hace ya bastante tiempo. “Tú, loco, éste tiene dos fierros (pistolas) y con ésos es con los que se hace respetar. Una vez se topó con policías mientras cargaba un tumbado (muerto) hacia el río en su espalda y ninguno se atrevió a decirle nada”. Verdad o rumor lo que me cuenta, lo cierto es que la localidad en las faldas del Illampu está de gala. Es 2 de noviembre, y vive hoy una jornada muy especial. Las familias se alistan para despedir a las almas. Puertas hacia adentro, las mesas están preparadas en las casas para el último adiós hasta el año que viene. Puertas hacia afuera, las calles sucumben en sus estrecheces ante una gran marea de gente que se dirige al cementerio. Igual que antaño Son las 11.00. Betty Jerez reza frente al retrato de su esposo. Es viuda desde hace tres años, y viaja siempre a Sorata por estas fechas para honrar a su ex marido. “Vengo acá porque el alma no llega a cualquier sitio, sino al lugar donde vivió el difunto”. De camino hacia otra casa, un aroma intenso, el de la panadería Quino, es un ejemplo claro de que fuera de las ciudades Todos Santos se vive de otra manera. En el horno, todos los trabajos son manuales. Su dueño, Tiburcio Chino, de 51 años, vestido de camisa y con el pantalón ligeramente caído, lleva 14 haciendo los habituales bizcochuelos. “Por estas fechas consumimos hasta 15.000 huevos. Tenemos cerca de 800 clientes, la mayor parte de La Paz. La cocción es a leña y no usamos ni licuadoras ni motores”. A su vera, una antigua batidora manual es manipulada por las rápidas manos de uno de sus empleados, que no cesan en un movimiento frenético de correas de izquierda a derecha para conseguir la crema. Además de huevo, el preparado contiene limones, harina y azúcar. El calor de la panadería, su luz tenue y sus cestos de mimbre dejan paso a un laberinto de callejuelas de colores blancos y cremas, edificaciones de pocas alturas, letreros de madera anunciando los oficios más tradicionales y antiguas puertas. Las cuestas, empinadas como si fueran un camino hacia el cielo, conducen al cementerio, donde a las 12.00 el sonido de los pinquillos y los bombos, que sólo se escucha en los pueblos por estas fechas —ya se ha perdido esta costumbre en las ciudades—, envuelve a los devotos, que son invitados a comida por los vecinos que han armado mesas en torno al camposanto. “Es música ceremoniosa, para alegrar a los muertos”, recalca Luis Alvarado Silva, de la cercana comunidad de Cach\'a. Desde ayer, los improvisados intérpretes están peregrinando de casa en casa con sus notas para acompañar a los dolientes. Y frente al cementerio forman círculos sin atisbo de cansancio en sus rostros. Están así durante horas, algunos incluso durante días. Dentro del recinto sagrado, entretanto, la gente arregla sus mausoleos y tumbas. Las hay impolutas, a rebosar de flores y cuidados. Pero también existen pobres, las que apenas tienen un papel pegado en vez de lápida. Bajo tierra, sin embargo, las clases sociales desaparecen. El lado más pagano A la noche, las escenas religiosas se difuminan. Y la cara más pagana de los festejos sale a relucir al ritmo de los vasos de cerveza, que chocan unos contra otros sin pausa. “Esto forma parte ya también de la tradición”, justifica el sorateño Édgar Iriarte, de 56 años, quien exprime notas lastimeras a un bandoneón que agita como a un gusano. Su cuerpo, pesado ya como varias cajas de trago juntas, se apoya en un taburete bajo una carpa azul que se alza pegada a la pared del cementerio. Varias similares se esparcen formando una gran hilera que parece interminable. El contraste de luces da cierto aspecto de verbena a la plaza que rodea al cementerio. Y los únicos que descansan realmente son los difuntos. Bajo otra de las improvisadas pistas de baile, entretanto, las polleras se pierden en un ambiente de equilibrios imposibles, pues pese a que el alcohol corre ya a borbotones por algunos cuerpos, que se tambalean de un lado para otro, milagrosamente nadie cae al suelo. Pero no tarda en armarse una pelea. Como si de un teatro se tratara, la gente se agolpa a observar por los pequeños agujeros de la carpa. Los hombres se quitan las camisas. Las mujeres se estiran sin misericordia de las trenzas. La sangre salpica al suelo. Unos y otros se zarandean en este ring circunstancial. Y así como comienza la gresca, con un chispazo de inconsciencia, así termina, pero esta vez con uno de cordura. “Esto parece Sodoma y Gomorra”, alcanza a decir un turista que presencia la peligrosa danza de golpes y puñetes. Y, cuando concluye, la música vuelve a la amplificación como si no hubiera pasado nada. “Desde hace un tiempo se está desvirtuando el significado de la fiesta”, opina Luis Alvarado. Pero, también hay que decirlo, no todos participan del descontrol. Muchos retozan somnolientos en sus colchones. El bautizo de muñecos Elizabeth Fernholz (60) es una de las que durmió toda la noche. Ya es 3 de noviembre, y frente al retrato en blanco de sus padres se le humedecen los ojos y la voz se le quiebra. Siente añoranza. Los de antes fueron otros tiempos para el pueblo. El residencial Sorata, que regenta Fernholz, es de los más antiguos del pueblo. La casa tiene al menos 130 años, y antes de pertenecer a su familia fue un conocido almacén de productos de exportación que era de unos alemanes. “Vendían incluso pasajes para viajar en un Zeppelin que salía de Río de Janeiro”, relata. Claramente era otra época. La del auge de la explotación del oro, que vino tras otra década próspera a principios del siglo XX, con la comercialización del caucho y la quinina. El oro ya había sido descubierto y extraído en buena parte por los españoles, quienes implementaron el “Camino del Oro”, que pasaba por Sorata y se dirigía después hacia las zonas mineras de Pelechuco y de Tipuani. Pero no fue hasta la llegada de cierta mecanización de las reservas auríferas que el pueblo se vio beneficiado de alguna forma, con la construcción de más haciendas y casas de dos alturas. Con todo, el oro fue también antaño un símbolo de desgracia, pues durante la sublevación katarista, en el siglo XVIII, el pueblo fue atacado, inundado y casi destruido. Hoy, el residencial Sorata mantiene todavía muebles, reliquias y trofeos que reflejan el esplendor pasado: espejos vieneses, enormes cajas de caudales a prueba de balas, pieles de serpiente de varios metros... Pero en la región el oro ya no se halla en abundancia y la mayor parte de los mineros se tiene que conformar con encontrar polvillo. Por eso, ahora son otros los motores que impulsan la zona. Por un lado, están los cultivos: maíz, papa, chirimoya, ciruela y durazno, de los que se encargan los cerca de 8.000 comunarios de Sorata y los alrededores, y que van a tener mejor salida con el asfaltado de la carretera. Por el otro, los atractivos turísticos: el nevado Illampu, las cascadas del río San Cristóbal, la gruta de San Pedro y las caminatas, impulsadas estas últimas por la Asociación de Guías y Porteadores de la localidad. Cerca de su sede, sin embargo, siguen los guiños al pasado, con la estatua en mitad de la plaza de Enrique Peñaranda, cochabambino que fue durante varios años vecino ilustre del pueblo y más tarde presidente de Bolivia (1940-1943). También, con la proximidad del bautizo de muñecos, a celebrar en el cementerio en pocas horas. “Es una costumbre muy antigua, que se mantiene en pocas comunidades. Se trata de una mezcla de creencias indígenas y prehispánicas. Pasado el mediodía, se compran muñecas de estuco y se realiza un bautizo simbólico con falso cura, padrinos, comadres y compadres. Es un ritual para solicitar hijos o nietos”, explica Luis Alvarado. Antes, otras tradiciones similares se vivían con júbilo en el pueblo. “En el 68 —recuerda Araceli Revuelta, de 85 años, que estuvo casi 25 como misionera dominica en la población—, mataban un toro y luego se tomaban su sangre”. Paradójicamente, pese a la nostalgia, Araceli confiesa que no le gustaría que le enterrasen en Sorata. “A mí me gustaría morir en Tacacoma, una comunidad que se halla muy cercana, con los más humildes”. Gruta de san pedro Cuentan que durante los años 40 todos los que entraban a la gruta conocida como Chusek\'uta —por la enorme cantidad de lechuzas que vivían allí— se volvían locos. Pero ésta no es la única leyenda que se cuenta sobre la cueva, situada a 11 kilómetros de Sorata. También se dice que había un gran camino empedrado que salía desde su interior hacia el nevado Illampu y por el que se trasladaba oro y plata de las regiones aledañas al pueblo de San Pedro. Algunos incluso aseguran que todavía hay escondido un toro de oro en sus entrañas. Aunque de las fantasiosas historias que se narran en torno a este enclave natural, descubierto en los años 30, lo único que hay de cierto, por el momento, es la presencia de un lago. De aguas turquesas con alto contenido en minerales y 14 metros de profundidad, éste se adueña de buena parte de la gruta como si fuera un velo, y es el rincón preferido para los visitantes. Pero la cueva tiene más encantos. Otro de ellos son los pequeños habitantes de la misma, murciélagos de la especie Anoura geoffroyi, que se alimentan de néctar y contribuyen a la polinización de las plantas de la zona. Además, no resulta difícil verlos, gracias sobre todo a la iluminación implementada en los 480 metros de trayecto dentro de la cueva con fondos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). De formación calcárea, entretanto, las estalagmitas y las estalactitas se alzan y se descuelgan conformando escenas singulares en los pasillos a veces estrechos de la gruta. No por nada, la procesión más importante de los alrededores, celebrada por los vecinos de San Pedro en honor a la figura de un Cristo labrada de manera natural por el agua en una piedra, recorre cada año las inmediaciones de la cueva por la época de Pascua. Y cerca de la formación rocosa es donde se halla la rústica capilla que cobija a la imagen. “La piedra es casi cuadrada, no muy grande, y en ella está representado el Señor de la Columna pisando una serpiente. Casualidad o no, las serpientes, más que nada las cascabeles, eran hace unas décadas un dolor de cabeza para las personas, pues habitualmente se entraban a las casas”, relata Luis Alvarado Silva, de 37 años, cuya comunidad, Cach\'a, se encuentra en las proximidades de San Pedro. Según los vecinos, además, el Cristo es milagroso, y parece que ha curado a varias personas que estaban desahuciadas. Pero el misterio de la imagen no termina ahí. “Varias veces la han intentado trasladar hasta Sorata y no se ha podido ni siquiera entre cinco personas. Parece que el Cristo no quiere que lo saquen de donde está”, apunta Alvarado. En este mismo sentido, se encuadra el testimonio de Francisco Loza, recogido en un folleto que se vende a tres bolivianos en la gruta de San Pedro. “Mi padre me comentó que cuando el párroco de Sorata trató de mover la piedra labrada, su caballo se volvió loco y lo tiró al suelo. Y en otra oportunidad, los de la comarca también quisieron sacarla y no pudieron avanzar más de 100 metros porque a cada paso pesaba más y más”. Por estos hechos, el Cristo forma parte ya de las increíbles historias que no dejan de escucharse en relación a la gruta.
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