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Qullasuyu o Bolivia
Daniel A. Pasquier Rivero
El proyecto de 1825 parece llegar a su fin, y no debería sorprender y menos escandalizar a nadie. Los criollos y mestizos que convencieron a Antonio José de Sucre que los altoperuanos no iban a aceptar otra opción que la independencia tanto de Lima como de Buenos Aires, apostaron fuerte, y propusieron la creación de una nueva república e intentaron un estado monárquico a la criolla, pues era una burda copia de las monarquías dominantes en la Europa del XIX. Interpretando así los movimientos independentistas de La Paz, Potosí, Charcas, Cochabamba y Santa Cruz, las cinco provincias originarias y fundacionales de lo que vendría a ser Bolivia, falsearon la voluntad de los jóvenes revolucionarios que sacrificaron vida y hacienda por un mundo nuevo, lejos de la opresión y de la colonia. El proyecto fue excluyente desde su inicio, ya que la Gobernación de Santa Cruz (lo que hoy es Cordillera, Chiquitos y Mojos: Santa Cruz, Beni y Pando) no fue consultada y los escasos dos representantes que llegaron a Sucre se limitaron a firmar un acta ya redactada. Tarija, que debería haber sido tratada de manera privilegiada, porque se adhirió al proyecto voluntariamente y mediante cabildo, igual quedó postergada por un estado que se agotó en la lucha intestina e innoble entre herederos del trono colonial, con ventaja para los charquinos primero y de los paceños después.
La marcha “Por la dignidad” iniciada en los noventa desde los llanos orientales, es la toma de conciencia de los excluidos, 34 etnias y culturas chacoamazónicas, junto al núcleo de mestizos hispano-guaraníes, que habían sido excluidos del proyecto altoperuano al igual que los quechuas y aimaras. Esa marcha simboliza hoy el levantamiento del oriente en busca del reconocimiento a su propia identidad económica, social y cultural, y que durante estos quince años (también fueron quince años de lucha por la independencia de la corona española) se ha realizado sin pausa dentro de los cánones acorde a su manera de ser, en paz, buscando siempre su desarrollo en la integración, enmarcado en el más estricto respeto a la ley. El reclamo al estado altoperuano, no de prebendas, si no de mayor participación en las decisiones sobre su desarrollo económico, en la definición de un modelo educativo que garantice sus usos y costumbres, en la exigencia de respeto a sus sentimientos sencillos pero profundamente cristianos, en su esfuerzo por remarcar permanentemente una manera de ser y de hacer en la cosa pública y privada, han dado lugar a movimientos descentralizadores primero y autonomistas mas tarde.
Es un prerrequisito para seguir adelante que el estado andinocentral tome en serio la posición de los pueblos del oriente, que exigen hace mucho tiempo y con muchas razones ser atendidos, pero en un contexto de reconocimiento y respeto mutuo. El actual gobierno, dominado por una élite radical y racista, da abiertas señales de dirigirse a toda máquina hacia la conformación de un estado quechua aimara caracterizado por el autoritarismo (fruto de la simbiosis en siglos de culturas teocráticas que dominaron a los pueblos asentados en los Andes sin ningún respeto al individuo singular, convertido en portador de ningún derecho), por la práctica y el uso de los bienes en forma comunitaria (donde el individuo pierde sus derechos frente a los definidos por la comunidad), la resistencia a la innovación, a la incorporación de tecnología aunque sea elemental (sorprende la pervivencia del arado de palo, el “uysu” es un instrumento preincaico, en muchos lugares con tracción “a sangre humana”), la irracionalidad en las relaciones con la naturaleza (donde paradójicamente se refieren a la Pacha Mama, reconocen que “la Tierra no da así nomás”, y buscan su fertilidad regándola con sangre, a veces humana), y con el resto de los pueblos, en los que ven sólo enemigos. ¿Cómo conseguir con esos parámetros una estrategia racional para combatir el atraso y la pobreza?
Pando, Beni, Santa Cruz y Tarija rechazan la cultura de violencia, que es una cultura y una estrategia de fracaso a largo aliento (ejemplos: el Tinku, Ucureña, Huarina, la combinación coca-cocaína-alcohol, que estaba presente antes de la llegada de los conquistadores del siglo XV, el rechazo a las transnacionales y los TLC, etc.), los van desmarcando del proyecto andinocentralista. El buscar o crearse enemigos como práctica y expresión cultural además de inhumana, primitiva, significa desviar la energía necesaria para atender y buscar soluciones a los problemas de la educación, salud, vivienda, empleo, progreso y desarrollo de estos pueblos; el fracaso es evidente, 9 por ciento de crecimiento en la renta per cápita en 20 años no va a sacar a nadie de la pobreza.
El actual gobierno está ahondando las diferencias al insistir en imponer el Qullasuyu frente al proyecto Bolivia, centrado ahora en el oriente, donde se integran pueblos de diversas culturas con vocación de progreso y ansias de incorporación a la modernidad que implica principalmente construir una sociedad en un Estado de Derecho, cumpliendo y haciendo cumplir la ley. De persistir en la idea sería mejor que el gobierno dedique su esfuerzo a definir dónde tendrá su capital el nuevo estado, antiguo Qullasuyu, ¿será Tiwanaku, Orinoca o Achacachi?, aunque históricamente sería mejor convenirlo en Cusco, capital del Tawantinsuyu. |