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La unidad orgánica de la sociedad
Manoucher Shoaie

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Al comienzo del siglo XX, a muchos les parecía que la autoridad divina simplemente se había disuelto y que el hombre había tomado su destino en sus propias manos y que había resuelto a través de una interpretación materialista de la realidad, las cuestiones fundamentales que tenían que ver con el ejercicio de gobierno y el desarrollo humano. Este secularismo agresivo consideraba que la felicidad de la gente sería el resultado natural del mejoramiento de las condiciones físicas. A finales del mismo siglo ocurrió algo que parecía menos probable: la búsqueda del significado de la vida y de la espiritualidad.

Una de las causas más evidentes ha sido la quiebra del materialismo. La idea de progreso se identificó con desarrollo económico y su capacidad de motivar el mejoramiento social. Bajo el dogma de “materialismo científico” se produjeron regímenes de control totalitario erradicando la satisfacción del espíritu humano. El capitalismo y el consumismo, por su parte, influenciados por la misma interpretación de la realidad humana, enfatizaron el criterio de que si la gente actúa por el interés propio en lo que concierne a su bienestar económico, se podría asegurar una sociedad justa y próspera. Sin embargo, la declaración “Dios ha muerto”, no tuvo efecto sobre los pueblos en países “en desarrollo”, ya que estaban convencidos de su propia identidad espiritual.

Estos días la cuestión de un Estado laico ha ocupado una parte de la agenda política y social. Entre interpretaciones y protestas, se percibe la importancia de la religión como “una inexpugnable fortaleza para la protección y el bienestar de los pueblos”, inclusive nuestro pueblo que en su mayoría se identifica con distintas creencias religiosas. Como se mencionó arriba, esta religiosidad con sus distintos matices no puede ser ignorada. Las instituciones, sean estas gubernamentales, religiosas, empresariales o civiles, son integradas por individuos quienes gozan de una dimensión espiritual y cuyos anhelos y objetivos deben ser inspirados y enmarcados en los valores y principios morales.

La Real Academia de la Lengua Española entiende el laicismo como “la doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, de toda influencia eclesiástica o religiosa” lo que no exige necesariamente la separación, la incomunicación o el rechazo de las instituciones o creencias religiosas por parte del Estado. Tampoco prohíbe al ciudadano ejercer su derecho según la Declaración de los Derechos Humanos, “a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión” lo que incluye, “la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.

Independiente de la interpretación de los términos, la meta prioritaria debe ser el establecimiento de la unidad orgánica de Bolivia, en la que algunas instituciones de la sociedad no sustituyen a otras, sino cooperan y colaboran entre sí, facilitando sus funciones para lograr objetivos comunes o de mayor alcance para un genuino progreso y el cumplimiento de su plan de desarrollo sustentable. En el proceso de alcanzar la unidad orgánica es necesario estar unidos en aquellos principios y valores que, inspirados por la realidad espiritual del ser humano, crean una visión en común donde todas las instituciones -gubernamentales, religiosas, educativas, empresariales y otras- sentirán la fuerza motivadora de la unidad en un momento histórico para nuestra nación.

shoaiem@gmail.com

 
Estado laico
Volvemos al tema de las relaciones Estado-Iglesia porque veo que persisten confusiones que conviene esclarecer. Ya se ha repetido que el Estado boliviano no - repito - no es confesional y que la Constitución establece la libertad de cultos.
Todos unidos por el Sí
El plan del Gobierno de destruir todo lo que no tenga cara de indígena, de concentrar y fortalecer el poder central,
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