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La ciudad contaminada
Fernando Luis Arancibia Ulloa*

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el tacú de papel
Erase una vez una ciudad jardín que despertaba la envidia de otras ciudades. De su límpido cielo se decía que era el más puro de América. Ver sus árboles añosos adornando las calles y los campos era todo un contento, mientras que la galanura de las flores diversas que ahí brotaban eran imán irresistible para pajarillos y toda clase de seres silvestres, porque prometían frutales que satisfacían al más exigente de los paladares. Los hombres y mujeres sencillos y amables de la ciudad jardín esperaban a un señor progreso que auguraba muchas comodidades. Tenían esperanza de mejores días para sus hijos y para los hijos de sus hijos.

Decían que el señor progreso traía entretenimientos y cosas nuevas que se podían adquirir con dinero, pero además facilitaba los viajes porque prometía carreteras de asfalto y medios de transporte rápidos y cómodos. Las cosas nuevas servían para preparar las comidas, para envolver lo que uno quisiera. Todo venía debidamente empaquetado y con un lujo que en la ciudad amable no se había visto antes. Los habitantes de la ciudad jardín creían que el señor progreso les traería un mejor futuro, porque dizque venía acompañado del desarrollo, su inseparable compañero de aventuras. Juntos, progreso y desarrollo, cambiaban las vidas.

Cuando progreso se acercó a la ciudad amable, al principio lo hizo lentamente. Pero después estuvo encima de la ciudad jardín como si hubiera sido un refucilo. Todos los primeros habitantes gozaron de agua potable, de energía eléctrica, calles enlosetadas, vehículos movidos a combustible, comercios por doquier, y parecía que la felicidad había llegado junto con progreso y desarrollo. Pero después las cosas inservibles se comenzaron a amontonar y había que llevarlas a un lejano lugar, porque no sólo afeaban calles y casas, sino que despedían malos olores y atraían ratas y otros animales que traen enfermedades.

La gente comenzó a cambiar, porque no estaba preparada para este aluvión de cosas nuevas. Se olvidó de su ciudad jardín y comenzó a botar basura en las calles y en las bocas de tormenta, donde escurren las aguas de lluvia. Por eso no extrañó a nadie que la ciudad se inundara cada que llovía. Comenzaron a buscar culpables. Nadie se miraba a sí mismo. La gente de afuera, al ver que nadie cuidaba la ciudad también hizo de ella su basurero cotidiano. Comenzaron a faltarle el respeto en todo. Nadie hacía caso de reglas y normas.

La basura acumulada cada día se llevó a un lugar lejano. Pero mucha gente sin vivienda comenzó a vivir cerca del gran basurero. Hasta que un día se dieron cuenta que vivían en una ciudad contaminada y ellos estaban en el peor lugar. Los primeros habitantes de la ciudad jardín, que ya no es tal, se lamentan de progreso y desarrollo y añoran la ciudad amable. Ahora la ciudad está contaminada y en el horizonte no se vislumbra solución. Ya no más agua pura ni cielos limpios. Todo está contaminado. Los alimentos, el ambiente y la gente. Todos dicen que el consumismo -una enfermedad social- ha sido la causa de todo.

*Fernando Luis Arancibia Ulloa es periodista. Médico pediatra.

Magíster en Salud Pública y

en Educación Superior

 
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